lunes, 10 de noviembre de 2014

El Cuidador descuidado

Ya llevo unos cuantos años escribiendo un librillo que se titulará: "El que cuida de la fábrica abandonada". 
Está basado casi todo él en mi experiencia como inquilino-usuario-encargado de mantenimiento de la Antigua Azucarera del Genil.
No puedo reprimir este carácter medio exhibicionista que tengo, del cual soy muy consciente y con el que casi disfruto, así que voy a colocaros aquí directamente retazos o fragmentos sueltos del "bicho", unos más amenos que otros, y que cambiaré cada poco según me dé, con el objetivo de que disfrutéis con su lectura y así comeros el coco para que os hagáis adictos a la misma y me compreis el libro cuando lo termine y lo publique de una maldita vez.
En concreto en estos días de final del 2016, en los que ando editando/modificando este blog y el propio libro, os voy a ir subiendo por aquí algunas de mis famosisimas "Biografias Inquilinoides Guardianas" que como su propia descripción indica tratan sobre la vida y obra de ciertos inquilinos bien "sui generis" (artistas y "artistazos" varios) que poblaron la fábrica y mi imaginación en esta Magna Obra Literaria o futuro Best-Seller que pronto devorareis con ávidez y que me hará rico y famoso en mi casa a esa gustosa hora que ya sabéis ustedes vosotros.
Estas pequeñas historias están insertas en la historia general del libraco de marras, y, como esto es gratis, voy a colocaros alguna que otra de vez en cuando.

 20-12-2016               
                                                                               

                                                                            

                                                                              
                                                                     
                                                                               


                                                                               
                                                                              
                                                                                                                                                       
                     "EL QUE CUIDA DE LA FÁBRICA ABANDONADA"

Las situaciones, personajes, y lugares descritos en estos relatos son literariamente ficticios, aunque casi todo ello esté basado en hechos reales.
En ningún momento se aportan datos objetivos concretos de nadie, y todo parecido con la realidad es mera coincidencia.



                       ANTECEDENTES (Más penosos que penales)
Señoras y Señores de algún simbólico Jurado Internacional encargado de evaluar a los autodidactas escritorzuelos novatos:
He aquí el caótico e informal relato de un hombre que durante varios lustros estuvo unido apasionada y perennemente a un contenedor lleno de artísticas basuras.
Este librillo es la agridulce historieta de un eterno aprendiz de artesano reconvertido en cuidador de un antiguo “Ingenio Azucarero”  o vieja fábrica de azúcar aún firme y enhiesta, en la que a fuerza de tiempo pasado entre sus muros le crecieron bellas y oníricas raíces en las manos y sobre su conciencia.
Esta es la tragicómica historia de un auténtico “guardilla” (mote o término popular derivado de guarda o guardián con el que hace años luz los chiquillos de Granada citaban a las personas encargadas de vigilar edificios en obras, naves industriales, o lugares similares). Esta también es una pequeña parte de la historia de esa vetusta fábrica, donde antaño se procesaba la remolacha para producir azúcar de manera industrial, y hogaño se mueven gran número de pintores, escultores, ceramistas, grupos de teatro, artistas en general, y muchos otros personajes más oscuros y grandes artistazos en lo suyo, procesando todos ellos otras cosas harto diferentes a tan humilde y dulce mata.
Esta es, en definitiva, una particular memoria escrita de aquel lejano tiempo, feliz e infeliz a partes iguales, en el que viví en dicha fabrica; tiempo pleno de anécdotas enjundiosas que tratan de la perversa y dañina condición que ostentamos esos “trozos de caminante carne con ojos” que somos los seres humanos en demasiadas ocasiones, y tiempo que pasó cruel y rápidamente como si fuera un soplo dado por una especie de dios estúpido e implacable...
La antigua fábrica azucarera de mis amores, que a veces fue amarga como la hiel, comenzó su dulce y firme producción a principios del pasado siglo, en pleno auge industrial del ramo que había por aquel entonces en la zona. Es un buen ejemplar de las tantas que aún se ven por acá y por allá en Granada y sus alrededores, unas mejor conservadas que otras, y todas ellas vestigios de aquellos tiempos lejanos.
La nuestra no es precisamente de las principales ni más grandes, y siempre pasó algo “desapercibida” para las autoridades municipales dado su especial enclave, limítrofe administrativo entre localidades, y por tanto algo aislada de cualquier núcleo habitado. Está situada en el corazón de la vega, casi ribereña del río Genil, y cercana a varios puentes que lo vadean... 

CONTINUARÁS

Sí. Habéis leído bien. No es "Continuará" como se suele decir en estos casos. Digo que continuarás leyendo cuando me compres y/o descargues el libraco de marras. Aunque tranquis, porque la cosa va para largo. Lo quiero tan perfecto que nunca lo termino y siempre estoy "editándo-modificándo-perfeccionándolo". Aunque ya voy viendo el final de la cosa.
                                                                                                       
                                                                             
                                                                               
                                                                                
                                                                                                                                     
                                                                       
                                                                             
                                                                              
                                                                        

                                                                            

   
                                FRAGMENTOS SUELTOS DEL LIBRO 
Yo soy el que cuida de la fábrica abandonada; el que se entiende con los perros sin dueño y con los grandes gatos salvajes del río, el que se bebe la luz de las soleadas arboledas, el amante de todas las flores vivas o marchitas. Soy el encargado medio loco de este maltratado Ingenio Azucarero de alta y fálica chimenea donde el tiempo me zarandeó como quiso.
Creo ser este inquieto personajillo paranoico-esquizoide, triste oidor desesperado de machacones ruidos nocturnos en mi cabeza, y alegre oyente de estrellas, pájaros, y árboles cuyas hojas me arrullan en las benignas tardes de siesta veguera.
Ejerzo de encargado demasiado cargado de estos sólidos edificios de sabor oriental plagados de extensos tejados destrozados por demasiados sitios, en los cuales coros de potentes goteras entonan un acuático delirio, triste y permanente, cuando llora el cielo solidario con tanta amargura.
Soy el más amante descuidado cuidador de aquellas obras eternamente inacabadas, abandonadas, llenas de grandes montones de arena endurecida a fuerza de pasar demasiado tiempo inmóvil. Esas mini montañas de arena para obra nunca hecha en las que solía atisbar realistas miniaturas de tortuosos senderos y tajos con sus cuevas y sus barrancos preciosos. Aquellos sucios promontorios formados con el muy escaso trabajar de las hormigoneras palustres y llanas; las pequeñas montañas de arena y tiempo muerto, veteadas de ocre oscuro y blancuzco de cal y moho, que fueron lo primero que vi cuando llegué a la fábrica, y que se quedaron años y años ahí, duras y secas, consolidadas, casi mimetizadas con el entorno, como un reflejo más del obsceno deterioro del lugar.
Este redicho y locuaz “muchacho” de cincuenta y muchos mil años soy yo; siempre caminante junto a una especie de apéndice o rodante contenedor de artísticas basuras y esta patética barriguita cervecera contenedora de mi querido feto-hígado siempre a punto de ser parido; esta barriga indecorosa de la que hago triste gala; este blando saco de grasa y frustración paseado en tropecientas mil noches ansiosas de tantos claroscuros bares y de tanta marchosa marcha lenta a la vez que vertiginosa.
El guardián onírico, dormido en un lúcido sueño eterno del que desperté de golpe y porrazo a la realidad, como un niño viejo e iluso al que le quitaron la ilusión.
El cuidador estrellado de la antigua azucarera del río recuperada para su uso por los artistas plásticos y para su abuso por parte de otros personajes que, sin ser estrictamente artistas, son en lo suyo, con un insultante descaro, unos grandes artistazos dañinos y plasticosos de los cuales ahora sabremos.
El guardilla de la vetusta fábrica medio abandonada. Yo mismo. El que guarda escondidas en su corazón a las inquietas y juguetonas ardillas extinguidas hace siglos de estos antaño multiarbóreos bosques, que hogaño son las cada vez más escasas concentraciones de altas alamedas ribereñas del rio Genil, enormes y harto saciadas, sembradas con luz y abonadas con históricos huesos.
El guardián-guardilla de alegre colilla (que no fuma) siempre atento y ojo avizor (a veces incluso ojo del culo avizor) por si las moscas fuera o fuese que ocurriera u ocurriese algo malo o anómalo en los seniles edificios (y bien que ocurrían a diario un algo o dos más bien chungos y de color marrón). Soy el centinela alerta de estos muros cansados de ver pasar tanto tiempo; el que miró apasionado desde las troneras y se quedó varado-embrujado para siempre en un cálido y luminoso invierno; el que admira cada día estos honrados lugares, testigos mudos durante más de un siglo de tantas estulticias, ignominias y deformaciones mentales variadas.
Este profesional de la soledad en el que me he convertido con los muchos años, venido a menos por un lado más bien oscuro, y llegado a mucho más por el otro, altivo, enhiesto y luminoso.
El que escribe anónimos poemas en el aire y suscribe esta nada autocomplaciente autobiografía, maravilla de la Literatura Universal, que, sin lugar a dudas, estaréis leyendo-devorando con esa atención y avidez propia de los lectores inteligentes y las lectorcitas superdotadas por natura para todo tipo de menesteres.
En definitiva, el que cuida de la fábrica abandonada, pero ahora demasiado poblada, resulta ¡oh sorpresa! que anda ya muy harto de esta dulce antigualla arquitectónica por muy hermosa que sea, o a mí me lo parezca, y, aunque esté enamorado de este lugar, hace tiempo que lo que realmente quiero es salir de aquí a la voz de ¡ya!
Todo harta. Incluso comer gloria bendita cada día, y yo llevo años atragantado de tanto comer azúcar amargo.
Después de pasar varios lustros ejerciendo de guardián de las nobles piedras sin apenas haber vivido de verdad de las buenas, he tocado fondo. Demasiada hermosa fábrica decimonónica sobre mis anchas pero cansadas espaldas; demasiada laboriosa vigilancia, y, sobre todas las cosas, demasiado mogollón de inquilinos finos recién llegados de golpe y artístico porrazo a estas dulces ruinas granadinas...

                                                                       
                                 

                                                                       
           
                                           
                                                                           
 
                                                                               
 


Como quiera que don guardilla vivía tan feliz y tan pancho en esa pequeña casita de chocolate y nata pegada a la fábrica por su lado más cálido y luminoso, pues claro ¡cómo no! no me lo perdonaban; les jodía a más de uno y a más de dos el verme tan feliz y tan libre, y si podían molestar, molestaban sin dudarlo. La ubicación exacta de mi casa dentro del lugar sólo era conocida por inquilinos, vecinos, o usuarios, nunca por desconocidos ni visitantes, estando mi número de teléfono bien a la vista en la entrada del recinto... Pero ello no era óbice para que todos los envidiosos y resentidos de la fábrica me tocaran las pelotas enviándome a casa directamente a los más desesperados buscadores de almacén barato; así, como diciéndome más o menos: “Toma, atiende a este tipo y trabaja un poco, so cacho cabrón, que vives muy bien. Anda y jódete un rato”… Y entonces, inevitablemente, como una especie de estúpido canon, o impuesto surrealista a pagar a la vida por tanta libertad laboral y tanta suerte tenida, llegaba alguien llamando al timbre de mi precioso y soleado “bohío” a las cuatro de la tarde de bochornoso y soporífero verano. Llegaba un fulano desconocido en mitad de la siesta, justo a las cuatro y pico, en pleno verano; olvidando, o peor aún, obviando, la existencia del teléfono; despertándome de ese hermoso y ya casi profundo sopor de la fresca y oscura tarde en la penumbra de mi querida y pequeña habitación-dormitorio-útero. Llegaba a mi casa un desconocido tipo cualquiera, así, tomándose la confianza por toda su jeta, como si un simple guardilla-encargado fuera alguien a quien se le puede abordar donde sea y no hay porqué respetar. Llegaba un payo para preguntarme cara a cara si tenía en alquiler alguno de esos locales tan baratitos ¿o qué? pues al hombre le habían dicho ahora mismo, con este pegajoso calor de las cuatro de la tarde en pleno y asqueroso verano, que aquí vivía el guardilla-criado fiel que alquilaba los locales... ¡Ah mierda!... Entonces uno, el guardilla, rey de las sanas cabezadas dadas a media tarde, medio dormido aún, descolocado, despertado de esa hermosa siesta de grandes visiones, donde volaba por fin de verdad a condición de que el despegue fuera despacioso, y donde se me revelaban sitios nuevos, desconocidos, pero muy conocidos de otra la misma e irreal fábrica vieja colosal y magnificada; entonces uno despertado de mala manera de sus bellos sueños a base de timbrazos histéricos, y ante las preguntas balbuceantes del visitador, de pinta asquerosilla él, tipo hippie viejo acompañado de un sucio perrillo de mierda dando vueltas por allí meándose y cagándose por todos lados. Entonces uno, arrancado del estertor primario y ancestral del comienzo de mis emocionantes y magníficos sueños, bostezando ostensible y casi dolorosamente, repetía sobre la marcha, en voz baja llena de malaleche y con los ojos semicerrados aún, mi eterna y profesional letanía: Que sí, que sí, que ya veremos, y que digo yo que: ¿Para qué actividad o uso querría usted ese hipotético local? ¿Eh? ¿Para qué es la cosa? ¿Será para taller de reparación de coches? ¿Para carpintería quizá? ¿O bien, dada su pinta, lo necesita usted para almacén? ¿No es eso? ¡Claro! era eso. Un almacén. Necesita usted, caballero cabrón despertador de dulces siestas, un almacén de mierdas sin uso definido en principio, pero que luego, una vez firmado el contrato de arrendamiento, se convertiría sobre la marcha y con la fuerza de los hechos consumados, en cualquier asqueroso lodazal infestado con varios coches viejos, lleno de inservibles herramientas estropeadas, mugre y mierda por las paredes y por el alma, recibos de alquiler sin pagar a Su Excelencia El Dueñísimo; y basura, mucha basura acumulada en ese jodido almacén ¿No es eso? ¿Verdad que sí? ¿Para eso quizá quiere usted un local a las cuatro de la tarde de pleno y pegajoso verano, con esa hinchada cara de borrachuzo sesentón que tiene, con los párpados mas hinchados aún que se le quedaron así desde que su mujer lo largó de su vera hace años luz, y jeta espantosa que exhibe sin pudor alguno apoyado en el quicio de mi puerta? ¿Eh? ¡Sujete a ese perro joder! ¡Que se está meando en las ruedas de mi furgoneta nueva! ¡FUERAAA  CHUCHOOO ME CAGO EN DIEZ! ¡SUJÉTELO JODER! ¡Hay que ver!... ¿Qué pasa? ¿Quizá quiera tomar usted un local con alquiler barato para venir a morir usted aquí con su ruina? ¿Eh? ¿Quiere usted ir metiendo poco a poco trastos y más trastos, y muchísimos más sucios trastos viejos en ese hipotético y famoso local a alquilar? ¿Quiere meter usted esos trastos inservibles que se va encontrando por ahí, arrastrándolos estúpidamente toda su estúpida vida por si algún día hacen falta o se pudieran o pudiesen vender? ¿Eh? ¿Es posible que quiera terminar sus solitarios, patéticos, y miserables días aquí, rodeado de sus asquerosos trastos estropeados? ¿Le parece bien este lugar? ¿Le parece perfecto para usted este sitio lleno de locales más o menos baratos y muy viejos como usted ya es aunque lo disimule con ese falso entusiasmo con el que me demanda información jodiéndome la siesta? ¿Ein? ¿Quiere usted un local barato para intentar por última vez morir tranquilamente alcoholizado en dicho local (ya apesta usted una cosa fea a pacharán del malo en pleno mediodía solar) y lo consiga al fin, rodeado de todas sus cosas de mierda? ¿Para eso quiere usted un local barato a toda prisa en esta tarde que es un autentico horno? ¿Verdad que sí? Sí. Es para eso, con total seguridad. No puedo equivocarme. La misma escena, todo en usted, y su pinta desesperada, parece indicarlo así, aunque usted no sepa o no quiera explicar torticeramente para qué actividad dedicaría ese hipotético e incierto local a alquilar. Pero yo le digo a usted que no. No; no tenemos nada en alquiler ahora mismo, y aunque lo hubiera, para usted no lo sería, pues además de que necesito visceralmente castigarlo por su grosera falta de respeto demostrada llamando a la puerta de una casa particular a las putas cuatro horas de la puta tarde de verano bochornoso (verdaderamente me dan unas ganas tremendas de darle un par de hostias a usted en su cara de perrazo y a su asqueroso perro una buena patada en sus cojones meadores de ruedas nuevas de coches plateados impolutos y recién financiados por el banco). Además es que para usted es nones porque sí; porque me da la gana a mí… Ya que me ha despertado le diré, para que le vaya doliendo, que preferimos alquilar a gente con un perfil similar al de, por ejemplo, el equipo provincial de voleibol femenino que, vamos a suponer, quisieran un local que pronto estará libre, antiguo pero muy limpio, soleado, alto de techos, con grandes y luminosos ventanales, que se usaría para entrenamiento suave, solaz, deleite, cachondeo y descanso de las retozonas y hermosísimas semidiosas chicas miembras de dicho equipo deportivo, las mismas que suelen lucir esos prominentes, respingones, y adorables súper culazos maravillosos embutidos en esos mini shorts de vértigo que suelen usar para la práctica de ese magnífico deporte, y culazos que se bambolearían saltando alegremente, exudando vida sin alcohol sobre estos viejos muros. O tal vez siempre preferiremos como inquilino, antes que a una especie de rata gigante como usted parece ser, a alguien con un perfil igual al de cualquier otro artista plástico de los que ya copan estos vetustos y románticos espacios. Esto es lo que hay. Es posible que yo sea más bien poco compasivo y algo duro con usted. Seguramente es así. No lo dudo, y no llego yo -quizá de manera insensible pero lúcida y objetiva- a apreciar lo que de respetable hubiera o hubiese en su jeta de can fracasado sin educación ni respeto por nadie. Además estoy muy cansado de asumir cruces ajenas y de estúpidos gilipollas subnormales que llaman a las puertas de las casas, por la cara, a las cuatro de la tarde en verano... ¿Tanta prisa tiene? ¿No tiene usted paciencia? ¿No tiene teléfono en plena era de la telefonía móvil? ¿No ha visto el número -mi número- de teléfono en ese cartel a la entrada de la fábrica? ¿Tiene usted que llamar a la puerta de una casa particular a las cuatro de la tarde? ¡SUJETE A ESE PERRO DE MIERDA ME CAGÚEN EL COPÓN! ¡Que se va a cagar en mi puerta! ¡FUEEEERA CHUUCHOO JODEEER!...
No, no queremos más talleres mugrientos. Ya sabemos de qué va esto. Sabemos -sé- muy bien que usted ahora tiene muy buenas y falsas palabras, precisamente ahora, que también tiene necesidad imperiosa de meter sus deformes trastos y su propia patética vida en algún sitio, y que luego, una vez asentados sus reales en estos ya demasiado maltratados lugares, en cuanto pague la fianza y el primer recibo de alquiler a regañadientes, comenzará a dar por el saco, y a hacer lo que le salga a usted de sus pelotas abandonadas; dejará como ahora mismo a su jodido perro suelto cuando le salga de la polla (a usted y al perro) que se cagará siempre por cualquier lugar que el huela bien, marcando el territorio, jodiéndolo todo un poco más aún; nos restregará diariamente por toda su dura cara esas mierdas de perro y sus oscuros resentimientos de fracasado cabrón alternativo. Comenzará entonces a odiarnos porque nos paga ese económico pero cierto alquiler de cada mes. Paulatinamente irá devolviendo los susodichos recibos de alquiler y sintiendo gusto por sabotear y estropear los lavabos hasta arrancarlos, atrancará el váter y joderá bien agusto y a conciencia todo lo que pille del local. Se sentirá usted legitimado, surrealista y demencialmente para todo ello como una plañidera víctima que tiene que fastidiarnos todo lo que pueda y más con esa citada falsa y enfermiza conciencia de víctima eterna y resentida que se le ve a la legua. No. No queremos más negociantes depredadores arruinados con sus jetas hinchadas por el alcohol, siempre dando por el culo con sus trapaceras y oscuras movidas y con sus perros siempre cagando por donde quieren... ¡sujete a ese puto perro COÑO! ¡Ya se lo he dicho diez veces joder!
No. Va a ser que no. Lo siento, pero no lo siento. No queremos más “profesionales” de pacotilla; politoxicómanos eternos con sus furgonetas pringosas hechas polvo de puro viejas y perennemente estropeadas, las mismas que se mueren aquí, lenta y penosamente mucho antes de ser -al fin- desaguazadas, ocupando sitios donde deberían aparcar coches nuevos bien guapos de gente activa y trabajadora, pero que no pueden hacerlo porque están ahí esas chatarras de puto hippie viejo que se resiste a abandonar su asqueroso coche tan decrépito como él mismo. No. No queremos más de esos mismos pseudo hippies listillos casi ancianos con sus sucios perros cagones y sus cosas mierdosas a cuestas. Este lugar, a pesar del aspecto demasiado humano que tiene y lo alejado que está de la frialdad de los locales comerciales de la ciudad, no es, por cierto, un centro de acogida para marginales subvencionado por el Ayuntamiento. Definitivamente no. Aquí no hay nada en alquiler para usted. Lo siento con verdadera alegría. Ya soportamos desde hace lustros a varios de ustedes en la fábrica. Los soportamos estoicamente como una hiriente herencia recibida del pasado; como un legado envenenado del anterior encargado de la fábrica, llamado precisamente “el viejo” y que estaba absolutamente loco como una regadera. Ya soportamos esa herencia patética que nos legó el anterior guardilla del lugar, Matusalén, el mismo que, vicioso y avaricioso, babeaba en cuanto veía salir del bolsillo del primero que llegara un par de billetes, y se le iba la cabeza y lo admitía sin más ni más, fuera lo que fuese el uso al que se destinará la cosa, pasando olímpicamente de las consecuencias que esa decisión tuviera o tuviese en el futuro inmediato.  Sí, sí, lo siento caballero, pero no, no, no lo siento. Me ha despertado usted de la siesta (¡qué mala leche me entra! ¡¡Me cagüen todos los dioses!!) Me ha despertado de mi sagrada siesta para que le diga claramente que solo queremos alquilar a Artistas. A ser posible hembras jóvenes preciosas de enhiestos pechos y de hermosos ojos azules. Ya sabe usted. Artistas que aunque sean medio estúpidos algunos de ellos (bastantes por desgracia, incluso alguna de ellas lamentablemente también) y a pesar de ese famoso típico topicazo que los define como inestables psicológicamente (eso era antes, ahora el tema va por otros derroteros mucho más “estables”) al menos la mayoría de ellos, y sobre todo los que cobran de la Facultad de Bellas Partes, suelen tener, además de una nómina o sueldo fijo, también algún tipo de pudor, ética, o sentido de la legalidad que les impide andar torticera y cotidianamente impagando recibos de alquiler… Bueno, aunque también a veces alguno de estos grandes profesores nos sale rana (¡los artistas ya se sabe!) y juega a ser marginal a pesar de ella; a pesar de la nómina tan de puta madre que cobra de la Universidad. A veces algún jodido profesor deja de pagar el alquiler, jugando a ser como un artista pobre (que no lo es para nada) y se convierte en deudor por el gusto de ser deudor, llegando con el tiempo a forzar la máquina hasta el punto de ser desalojado vergonzosamente del local por la Policía Judicial tras un penoso paripé donde todo es tragicomedia y hacer daño por el gusto de hacer daño, arrancando de cuajo hasta la propia instalación de fontanería del local (hubo un caso así protagonizado por un profesor italiano) por pura malaleche de artista endiosado, cabronazo e inmaduro a pesar de sus muchos años; y mala leche que le entra cuando ve que no tiene más remedio que pagar a Su Excelencia tantísimo recibo atrasado… En fin, que sí, pero no. Lo siento mucho, pero no lo siento en absoluto. Es que está todo lleno -completo- (aunque en verdad en verdad le diría que hay un par de locales bien guapos, perfectos para sus intereses, pero no se lo diré a usted para nada, obviamente). Para usted está todo alquilado. Y lo que tengo para usted son unas verdaderas ganas de mandarlo a tomar por el culo directamente, aunque me contendré educada y enfermizamente y le diré una mentira piadosa: Caballero llame por teléfono más adelante a ver si tal o cual. ¿Sabe usted lo que es un teléfono? Llame por teléfono y sobre todo, pedazo de estúpido ¡no vuelva a llamar a las cuatro de la tarde al jodido timbre normalmente silencioso de mi dulce hogar! de mi precioso bohío de amplia terraza que respira al pié del falo hecho de ladrillo rojo a la manera de chimenea de azucarera antigua, quizá la más alta de toda la vega de Granada. ¡A las cuatro de la tarde! ¡Me cagüen la ley del dios de los artistas! ¿No ve usted que hacer eso es exactamente como tocarme de mala manera los huevos en pleno delirio de sueños luminosos y sin culpa, bien clarividentes, señaladores de respuestas verdaderas a demandas subconscientes, e inocentes de toda inocencia, para molestarme usted con sus dudosas fatigas? ¿Eh? ¿No se da cuenta usted de que igual se me podría haber ido la cabeza y que podría haberle metido uno o dos cartuchazos en su inflada cara de perrazo alcoholizado con mi famosa y nueva escopeta de caza de cañones yuxtapuestos o superpuestos hasta la coronilla de indignación guardiana? ¿Eh? ¿No se da usted cuenta de ello verdad? ¡Cómo se va a dar cuenta de nada usted, con esa jeta de reptil borracho apaleado hijo de zorra que tiene! Usted se hace el tonto; usted se pasa por la polla lo que haya que pasarse y se hace el loco descaradamente. Usted está tratando de sobrevivir a costa de quien y de lo que sea, sea lo que sea la cuestión. Usted tiene prisa y por tanto pisa lo que haya que pisar. Pero a mí me la suda usted, y quiero que quede bien claro que si usted tiene varios líos personales, está huyendo de lo que sea, y necesita un local a toda costa, ese no es mi problema. Por mí ya le pueden dar mucho por el culo caballero. Máxime cuando -ya le digo y repito- en plena época y auge de la telefonía móvil, se ha atrevido a molestarme. ¡¡Se ha atrevido a venir a mi choza preciosa y sacarme de mis bellos delirios en hora de sagrada siesta veraniega!! ¡¡Aarrgg me cago en todos los tontos!! Por cierto ¿quién será el conocido-vecino-cabronazo que le ha indicado la ubicación exacta de mi casa? Será con toda seguridad algún inquilino-artista gilipollas envidioso de mi situación personal, que desde su deforme mente se cree que yo soy “la servidumbre del lugar” o algo así (cuando en realidad, y legitimado por los hechos, uno sería El Rey en todo caso) y le ha dicho a usted donde vivo yo exactamente, creyendo que soy como las Funerarias y que estoy 24 horas abierto y atento ante el advenimiento de cualquier muerto de hambre con su dura cara de cemento... ¡Joder! ¡YA ESTÁ! ¡Ya se ha cagado su asqueroso perro en mi alfombrilla! ¡ME CAGO EN EL PUTO PERRO! Venga, vamos, vamos, lárguese con viento fresco que no hay nada que rascar... ¿Cómo dice? Sí, sí, vale, si se quedara algo libre ya le avisaría rápidamente yo a usted... Sí, sí (¡hay que ser imbécil!) si, deme su puto número que en cuanto de usted media vuelta lo destrozaré bien a gusto, me mearé en él, y nunca jamás lo incorporaré a mi agenda… ¡Aahh! ¡Mi siesta bonita! Me cago en todos los subnormales. Me vuelvo a la cama ahora mismo. ¡Oh si! ¡Me vuelvo a mi cama! Mi cama de sur cálido y sol oscuro. Me tumbo en la rústica cama de esta habitación que es como un útero agradable y tibio que hace unos minutos me acogía maternal en su penumbra con su ventana aun medio cerrada orientada a la luz y a las risas de las hojas de los nogales y de los almendros, ¡oh si! casi que todavía sueño... sí... me vuelvo a quedar roque… aún sueño un soñado sueño de viejas serpientes azules en lontananza... Zzzzzzzzzzz….                                      


                                                                             
                                                                                 
                                                                             
                                                                                
                                                                               



Y ahora, niños y chiquitas creativas, para cambiar de tercio (aunque en el mismo orden de artísticas cosas) voy a deleitaros con otra monografía inquilinoide guardiana de esas mías tan serenas y comedidas.
Vais a quedaros absortos y cariacontecidas con el singular semblante artístico-etílico de “Augusto el ceramista” un barbudo personaje que desde hacía muchos años vegetaba por la fábrica de mis amores.
Vaya por delante que Augusto no era mala persona, pero sí el más falso escultor-ceramista que jamás haya poblado la artística tierra.
Llegó a la fábrica al poco tiempo de hacerlo yo. Ya éramos ambos coleguitas de tiempo atrás, antes de Jesucristo, época en la que coincidimos en la misma y única Escuela de Artes y Oficios granadina, amén de en muchas noches de copas en el centro de la ciudad.
¡Augusto el ceramista! ¡Qué inmenso y gran artista! Cuando alguien, al saludarlo, le preguntaba aquello tópico-típico de “¿cómo estás tío?” a él le gustaba mucho decir graciosamente que estaba “Augustin”… Y no era de extrañar que estuviera siempre tan a gusto el hombre, pues, además de estar perennemente borracho, apenas trabajó ni dio palo al agua en toda su vida, viviendo de su familia y del cuento artístico por siempre jamás.
Augusto siempre estaba aparentemente “augustín” aún en su alcoholismo, que al principio era cíclico, y al final se convirtió en crónico.
Cuando joven era guapete, bastante alto, con una gran barba, de aspecto fuerte, y con  una hermosa mirada fiera. Pero ahora, tras años luz de vagancia y bebercio, estaba gordinflón de barriga, pesado y bastante feble en general; de aspecto asquerosillo, greñudo y siempre barbudo, pero ahora la barba era rala y sucia. Con la cara llena de asquerosos granos hinchados enormes y pustulosos que le inundaban hasta el cuello, los brazos, y parece ser que más allá. Su físico no pasaba desapercibido para nada.
Siempre se veía al gran escultor-ceramista de pega sentado con su enferma jeta hinchada de gordo “Ali Wei Wei”, el chino aquel famoso. Siempre sentado como un enorme-deforme buda de pacotilla.
Tenía el payo ese singular careto medio chino y “cinótico” (por cara de perro) que se le fue poniendo con tantos años de alcohol y sedentarismo. Si bien a diferencia del activo y original artista oriental citado, y como ya he dicho, Augusto trabajó muy poco durante toda su falsa y efectista trayectoria escultórico-artística. De hecho, él tan solo produjo en su vida algunas mal cocidas mediocridades bien manifiestas. Bueno, lo de “producir” es tan sólo una forma de hablar, dada su animadversión al movimiento físico de cualquier naturaleza que no fuera el levantamiento del vaso de whisky desde la mesa a su boca poblada de hirsutos pelos tiesos y sucios, cual cerdas, que querían ser una barba. Además de ser experto en cargarse las piezas crudas de ciertos amigos aficionados a la cerámica que se las llevaban para que se las cociera porque carecían de horno (yo mismo fui uno de ellos al principio de nuestra pseudo-amistad, hace muchos años luz).
Pero yendo al grano... de pus, os diré, porque es verdad, y en verdad en verdad os digo, que Augusto-Augustín tan sólo hizo en su embaucadora vida artística apenas algunos que otros horrorosos mazacotes medio cuadrados de barro refractario chamotado y ensuciado con oscuros óxidos metálicos; quizá queriendo ser él tan primitivo y gestual como “Tápies” o algún que otro consagrado escultor o ceramista del estilo, pero sin conseguirlo en absoluto. No tenía ni puta idea de dibujar ni de modelar. Rehuía de la hechura de piezas en el torno de alfarero, o de cualquier faena similar porque esta parte de la cerámica supone trabajo, habilidad, y esfuerzo, y a él le costaba demasiado trabajo trabajar. Y así era que toda su “obra” (que se repetía mazacoticamente una y otra vez en el tiempo) resultaba ser una especie de grosera, anodina, simplona y efectista colección de esos mismos típico-tópicos mazacotillos, generalmente en forma de cubos o rectángulos macizos, de diferentes tamaños, y sobre todo pesados… muy pesados. Tan pesados eran que en cierta ocasión uno de esos espantosos mazacotones fracturó la pierna de uno de sus colegas en mitad del pasillo de acceso a su local-taller de la azucarera cuando le ayudaba a trasladarlo al montacargas para después llevarlo a una de sus famosísimas y patéticas exposiciones. Había que ver al pobre hombre-ayudador tras el accidente tumbado en el suelo del pasillo, con un sudor frio y una palidez inquietantes, aguantando el dolor allí tirado junto al mazacotón artístico que le había aplastado de rodilla abajo y junto al papá del mismo (Augustín) que se mantenía callado e impertérrito, componiendo un careto de circunstancias como de inocente pez absorto mientras esperábamos a la ambulancia. Eran, y son, todo el conjunto de su “producción artística” esos mazacotines de barro cocido facilones en su manufactura, y a pesar de ello mal hechos, casi deformes, sin vaciar apenas, sin un mínimo terminado siquiera, y en los cuales no se ve nada más que el enfermizo fruto de una mente pesada cansada y vaga.
Mazaconetes simplones y feos hasta la náusea, por muy de “alta temperatura” que fueran o fuesen, y que hubieran sido respetables si no tuvieran esas absurdas pretensiones que tenían y tienen de obra de arte “zen” o algo así.
Esos mazacotinetes que querían pasar fraudulentamente por “abstractos” (los mazacotillos y su papá, tan augustín que siempre estaba) sin conseguirlo más que con esos típicos aficionados ignorantes en arte que se tragan lo que le echen con tal de aparentar que “entienden” de una forma que da más pena que risa.
Porque, eso sí, Augusto Augustín era un gran relaciones públicas; tenía sus “clientecillos” de fácil digestión artística, y un aparente y extraño éxito con ciertas mujeres. Se vendía de maravilla a sí mismo, y colocaba de vez en cuando a algún ignorante en arte sus “mazacotorrones zen” gracias a ese citado aspecto de oso grandote y artísticamente barbudo, y a sus maneras lisonjeras e interesadamente parcas que desplegaba para dotarse de un “aura” espiritual más falsa que Judas y atraerte a su aún más falso redil artístico.
En realidad era y es bastante ignorante a muchos niveles; apenas tenía un mínimo discurso o vocabulario para expresarse (lo cual le venía muy bien en el fondo, dadas las auténticas cacas cocidas que hacía, de las cuales poco se podía decir). Nunca (vuelvo a repetir) torneaba piezas en el torno de alfarero porque eso sería “trabajo” de verdad (de hecho apenas sí centraba medianamente bien en la rueda) no utilizaba esmaltes propios (ni ajenos) ni tenía nada parecido a un mínimo de sentido del estudiar-trabajar cerámico u oficio que se le presupone a alguien que va de ceramista por la vida. Así que solo se dedicaba (muy de vez en cuando) a sus mazacotecotes, los mismos que podía hacer prácticamente tumbado con su whisky-biberón, dada la facilonería en su manufactura, y grosera simpleza que tienen (hasta rozar la insulsez) dichos bloques mazacóticos perennes en todo su tiempo de gran escultor ceramista abstracto de pega.

(Falta la mejor parte del relato sobre tan insigne artista... pero es que no quiero contar tanto de lo mismo aquí. Ya lo leereis entero en el libro)
                                                                    
  

                                                     
                                                                               


Rrriinngg!! Rinngg!! Ringggh!! Rriiiingghh!! ¡Vaya! Parece que suena el teléfono... Tengo que parar de escribir estas cosas tan sensibles y bonitas… A ver... ¿Sí? ¿Dígame?...

Hola buenas, llamaba por el anuncio que tienes puesto en internet; sí, ese que dice que se alquilan unas naves o unos locales en esa fábrica azucarera vieja y medio hecha polvo que está en las afueras. Bueno, verás, yo necesitaría un local, ya te digo, y solo lo quiero para almacén. Es solo para almacén, ya te digo. Busco un simple almacén, ya te digo, aunque bueno, mis colegas-socios y yo nos dedicamos a la grabación de maquetas de grupos de música alternativa tipo “black metall” absolutamente coñazo, salvaje y demoníaca, y quizá podríamos utilizarla para eso también, pero vamos que en realidad solo es para almacén, ya te digo. ¿Cuantos metros medirá más o menos? ¿Tiene servicios? ¿Cuánto vale al mes? ¿Donde está ubicada? ¿Tiene mucha luz? (aunque esto último no nos haría mucha falta porque nosotros preferimos la oscuridad, ya te digo) Es para almacén, ya te digo. Solo es para almacén, ya te digo. Ya te digo que solo la utilizaríamos como almacén para dar fiestas bestiales algunos viernes o sábados por la noche; salvajes fiestorros en los que armaríamos unos follones increíbles y quizá al final, de madrugada, algunos (más bien pocos) terminaríamos mal follando como sucios micos por los pasillos, borrachos perdidos, tirados por rincones y escaleras, ya te digo. Todos estaríamos en esas fiestas-basura “puestos” hasta el culo de enfermizo hachís culero marroquí, ácidos adulterados, setas alucinógenas podridas, cocaína en forma de bicarbonato mezclado con polvo de mortero silícico para construcción; infusiones caseras de datura-estramonio más que dudosamente preparadas por algún estúpido, peligroso, y pobre diablo-demonio, etcétera, ya te digo. Andaríamos todos locos perdidos durante horas dando tumbos por las escaleras, subidos en los montacargas yendo para arriba y para abajo, riendo estúpidamente sin saber porqué, saturados de crack del que te hace ¡crac! en la cabeza, cubatas de garrafón, pastillas de todo tipo y la cara de dios, ya te digo. Solo lo queremos para almacén, ya te digo, solo para almacén y para darle por el culo a todo el mundo que haya alrededor del local con nuestras sucias sesiones de siniestros ensayos bestialmente ruidosos, ya te digo. Ya te digo que solo sería un almacén. Ya te digo... ya te di…

...Que sí, que sí, jovencito y nervioso caballero que me imagino de careto perforado como un colador y con el resto de su cuerpo tatuado horteramente desde el cuello hasta las pantorrillas pasando con mucho entusiasmo por su joven culo; usted me dice cosas y yo le escucho atentamente y le recito a usted una preventiva y famosa coletilla laboral de disuasorios efectos que suelo utilizar siempre en estos casos; a saber: ¿Para qué uso y/o actividad me dice usted que dedicaría el famosísimo local a alquilar? ¿Eh? Dígamelo de la “a” a la “z”, a ver: ¿Para qué es la cosa en realidad, amigo? ¿Para grabar maquetas? ¿Almacén? ¿Para trabajarse la música quizá? ¡Claro! Es eso. Es sin ninguna duda para desarrollar la famosa música anti música pum pum pum pum pum y más pum pum pum pum hasta la náusea… Pues lo siento, pero no lo siento caballero sin caballo, aunque quizá puesto hasta el culo de caballo del malo. No alquilamos a grupos de música anti música, ya le digo; y todo lo que usted me dice a mí suena en la cabeza como el machaconeo de las ruidosas baterías de sus ensayos, ya le digo. No soporto -ya le digo- los grupos de esa mierda-música que ensayan en locales sin insonorizar. Aunque es verdad, y en verdad en verdad ya le digo, que no tengo nada en contra de la verdadera música, ni, por supuesto, de la cerveza, ni del cachondeo en general, ya le digo, si no todo lo contrario, me gusta una fiesta más que rascarme una pupilla con su costra seca, ya le digo, pero estos locales no están insonorizados ni queremos que lo estén, y es que, ya le digo, yo soy el guardián de la fábrica ahora no tan abandonada, oyente de árboles y estrellas, y sordo para otros ruidos súper groseros y asquerosos que abundan por todos lados; y por la noche ¡ah por la noche! en el silencio perfecto de los astros, ya le digo, me llaman a lo lejos aullidos de neón, blancas ambulancias locas, y los famosos ríos de eléctrica ansiedad como los que, ya le digo, usted me trae, caballero de dudoso caballo metido en vena, con su aura pegajosa de aspecto politoxicómanamente dormilona e inculta de todas formas y maneras, ya le digo. Sí, yo soy el guardián de los cachorros sin madre, ya le digo, y ellos son cachorritos huérfanos del amor materno que necesitan el otro amor callado e intemporal que transporta el viento, ya le digo. Ellos necesitan calma en la noche para nutrirse de sueños alados y otras cosas similares, ya le digo, y está claro que en ese citado gustoso silencio perfecto de los astros, que es una de las grandes cosas buenas que a veces hay por aquí, no quiero oír para nada ese asqueroso pum pum pum pum de fondo, como si fueran los latosos latidos de un corazón demente y desquiciado, tal y como latirá el suyo, que, ya le digo, se oiría en toda la fabrica cuando a usted le saliera de su deforme cerebro, y latidos histéricos que serian emitidos desde ese hipotético local que yo le alquilara o alquilase a usted, caballero, ya le digo. ¡Clac!... Ha colgado él. (Mejor, porque se le oía resoplar mucho por el auricular)…

¡Bingo! ¡Un tarado que me quito de en medio! ¡Bien! No habrá pum pum pum pum pum por ahora, ni mientras gobiernen mis viejos huesos guardianes por estos melancólicos lugares. No habrá atisbos de contaminación acústica ni, sobre todo, contaminación mental en estos amados espacios centenarios mientras que mis oídos y mi alma de agua y tierra silenciosas las detecten.
Pueden pasear entre las alas de Eolo las pequeñas y tranquilas risas de los niños que nacieron muertos. Se oirá al mediodía el buen fluir de la savia sabia tarareando sus quedas y lentas nanas emitidas suavemente para el alto sol. Tendrá la tarde una paz de oxigeno callado y la sedante cadencia de los grillos, las ranas, lombrices, lagartijas, y negras curianas… Y cuando llegue la noche… ¡Ahh!... cuando llegue lo grande y oscuro, saldremos a los ventanales para respirar absortos el sosiego de las confiadas salamandras y las culebras aletargadas. Atisbaremos el otear de los mochuelos insomnes y de los cárabos hambrientos entre los olivos. Reinará la calma de los cementerios de besos y abrazos vivos que hay en los contenedores de ilusiones abandonadas en esta arcaica y nostálgica fábrica. Jugarán enloquecidos pirpintos y vagalumes, ebrios de luminosa vida pequeña, dibujando espirales en el aire para mayor gloria de natura y sus cosas. Tornarán sobre los sueños dulces y suaves violines inauditos, dotándonos de buen humor y mejor amor, mientras hibernamos felices, auspiciando próximos soles en el nocturno más profundo, bellamente oscuro y ancestral. Amén…

(Bueno, parece que la maquinita de parir chorradas poéticas quizá esté algo saturada…)
                                                                               
                                                                               
                                                                                

El guardián-guardilla, de antaño y hogaño siempre alegre colilla, no fumaba tabaco. De hecho era bastante parco en mi consumo de sustancias dopantes en general. Mi cuerpo, guardador de luces, era en aquel tiempo un templo pagano dedicado a rendir culto a la vida, y por tanto yo -repito- no fumaba tabaco… aunque sí que fumaba un poco, o varios gramos diarios de ciertas flores hembra, todas ellas llamadas María, muy olorosas, y que suelen estar agrupadas en resinosos cogollitos verdiblancos, cuando están inmaduros, y de diferentes tonos pardos en otras épocas más tardías, o según a qué distintas variedades genéticas pertenezcan.
Estas Marías son flores muy benignas que poco o nada tienen que ver con el haschis culero norteafricano, aunque, objetivamente hablando, sean ellas la génesis de ese dañino producto tan de moda en ciertos ambientes, y producto asqueroso, venenoso, gomoso, pegotoso, oscuramente oloroso, y muchas más cosas terminadas en “oso” del cual uno mismo fue un gran consumidor en aquel tiempo ya lejano (cuando Jesús hablaba tanto y todo eso... ya sabéis).
Y poco tienen que ver tales flores con dicho hachís culero, pues estas son puras, naturales, limpias, picantes, excitantes, apasionantes, y muchas más cosas terminadas en “antes” como, por ejemplo, flipantes, embriagadoramente embriagantes, algo mareantes, y, sobre todas las cosas y esto es lo más importante: están exentas de esas groseras manipulaciones anales u otras de similar y repugnante índole que sufre el tal hachís, que suele viajar en la popa de barcos y en el culo de camellos de dos patas... No y más no. Mis amados cogollos no tenían casi nada que ver con el has marroquí. Estas eran flores cultivadas cariñosamente por mí mismo en la terraza de mi soleado bohío situado al pié de la erecta chimenea de la fábrica. Estas olorosas, juguetonas, y medicinales florecillas cannabáceas (medicinales si eran usadas con moderación, naturalmente) solía sembrarlas yo mismo, repito, en macetas que medraban de maravilla maravillosa en mi amplia terracita famosa. Don guardilla recolectaba las florecillas y luego las desecaba o curaba pulcramente con muchísimo cuidado, esmero y dedicación, hasta casi hacerles diariamente el amor loca, apasionada y ardientemente, en su trato con ellas.
Eran estas gustosas flores de cualidades tales que bien se podrían equiparar en cierta medida con la otra, ya citada aquí en francés, y muy famosa fleur del tiempo, pues las fumadas de dichos caseros cogollitos resinosos (que yo inhalo puras, sin mezclar con el enfermizo tabaco rubio americano) influían de alguna extraña manera en el paso implacable del tiempo y en algunos aspectos de su calidad.
Definitivamente amo a mi mariflor intensamente, porque es una planta en la que personifico elespíritu femenino de las cosas; algo lógico en cierta forma, puesto que las matas deben ser forzosamente hembras para que tengan esas virtudes lúdico medicinales, ya que la variedad macho del cannabis no tiene propiedades psicoactivas (aunque bien que produce humildemente excelentes papel y ropa con su benigna fibra) siendo en cualquier caso -macho o hembra- una planta ahora estúpidamente demonizada, pero que siempre acompañó a la humanidad para su bien desde tiempos muy anteriores a las famosas actuaciones de Jesucristo y sus mariachis-apóstoles...


                                                                           
                                            
      
      
                                                                                 
Todas las fotos del blog son personales, tomadas por mí mismo, salvo la del guajiro desdentado, la de mi querida prima-hermanita Alicia-sirena, que me ha dado permiso para colgarla (orgulloso que estoy de ello) y las de dos o tres de locales en ruinas de la Azucarera de San Isidro, que he visto en Internet, y me he permitido colgarlas por afinidad temática y estética (espero no se mosqueen los autores). 
No tengo problemas en compartirlas, aunque espero que en caso de manipulación de las mismas se tenga la suficiente ética personal para avisarme, comunicarme como se van a utilizar y pedir un permiso para ello que a priori ya tienen... Gracias.
                                                                               
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NOTA: Como ya he dicho más o menos arriba, todos los personajes que salen en estas historias son puta (perdón, quiero decir "pura") ficción, y cualquier parecido con la realidad es una inocente coincidencia.

MÁS NOTAS: Que no se me mosquee nadie, porque quien se pica ajos come, y eso es lo que hay. No se van a dar datos concretos, pero si alguien, por alusiones, se da por ofendido, ese es su problema. Que no lea el libro y así no llorará amargamente.