lunes, 10 de noviembre de 2014

El Cuidador descuidado

Ya llevo unos cuantos años escribiendo un librillo que se titulará: "El que cuida de la fábrica abandonada". 
Está basado casi todo él en mi experiencia como inquilino-usuario-encargado de mantenimiento de la Antigua Azucarera del Genil.
No puedo reprimir este carácter medio exhibicionista que tengo, del que soy muy consciente y con el que casi disfruto, así que voy a colocaros aquí directamente retazos o fragmentos sueltos del "bicho", unos más amenos que otros, los cuales cambiaré cada poco según me dé, con el objetivo de que disfrutéis con su lectura y así comeros el coco para que os hagáis adictos a la misma y me compréis el libro cuando lo termine y lo publique de una maldita vez.
Estas pequeñas historias están insertas en la historia general del libraco de marras, y, como esto es gratis, voy a colocaros alguna que otra de vez en cuando, o de cuando en vez...

 22-8-2017            
                                                                               

                                                                            


                                                                              
                                                                                

                                                                           
                                                                              
                                                                                                                                                       
                               "EL QUE CUIDA DE LA FÁBRICA ABANDONADA"

Las situaciones, personajes, y lugares descritos en estos relatos son literariamente ficticios, aunque casi todo ello esté basado en hechos reales.
En ningún momento se aportan datos objetivos concretos de nadie, y todo parecido con la realidad es mera coincidencia.



                       ANTECEDENTES (Más penosos que penales)

Estimadas lectoras, amables lectores, niños y niñas mayorcitas, señoras, señores y señorones varios de algún simbólico y difuso Jurado Encargado de Evaluar a los escritorzuelos autodidactas:
He aquí el caótico e informal relato de un hombre que durante varios lustros estuvo unido, apasionada y perennemente, a un contenedor lleno de artísticas basuras.
Este librillo es la agridulce historieta de un eterno aprendiz de artesano reconvertido en cuidador de un antiguo “Ingenio Azucarero” o vieja fábrica de azúcar aún firme y enhiesta, donde le crecieron oníricas raíces entre las manos y la conciencia, a fuerza de tiempo pasado entre sus muros.
Esta es la tragicómica historia de un auténtico “guardilla” (mote o término popular derivado de guarda o guardián con el que hace años luz los chiquillos de Granada denominaban a las personas encargadas de vigilar edificios en obras, naves industriales, o lugares similares). Esta también es una pequeña parte de la historia de esa vetusta fábrica, donde antaño se procesaba la remolacha para producir azúcar de manera industrial, y hogaño se mueven gran número de pintores, escultores, ceramistas, grupos de teatro, artistas en general, y muchos otros personajes más oscuros y grandes “artistazos” en lo suyo, procesando todos ellos otras cosas harto diferentes a tan humilde y dulce mata... Esta es, en definitiva, una particular memoria escrita de aquel lejano tiempo, feliz e infeliz a partes iguales, en el que viví en dicha fabrica; tiempo pleno de anécdotas enjundiosas que tratan de la perversa y dañina condición que ostentamos esos “trozos de caminante carne con ojos” que somos los seres humanos en demasiadas ocasiones, y tiempo que pasó cruel y rápidamente como si fuera un soplo dado por una especie de dios estúpido e implacable.
La antigua fábrica azucarera de mis amores, que a veces fue amarga como la hiel, comenzó su dulce y firme producción a principios del pasado siglo, en pleno auge industrial del ramo que había por aquel entonces en la zona. Es un buen ejemplar de las tantas que aún se ven por acá y por allá en Granada y sus alrededores, unas mejor conservadas que otras, y todas ellas vestigios de aquellos tiempos lejanos.
La nuestra no es precisamente de las principales ni más grandes, y siempre pasó algo “desapercibida” para las autoridades municipales dado su especial enclave, limítrofe administrativo entre localidades, y por tanto algo aislada de cualquier núcleo habitado. Está situada en el corazón de la vega, casi ribereña del río Genil, y cercana a varios puentes que lo vadean.
Cuando comencé mi apasionada relación con ella, la vieja azucarera se veía bastante ajada y modificada respecto a sus arquitectónicos diseño y planta originales, pues al cesar en su producción industrial se fragmentó su propiedad, quedando buena parte del lugar en un estado de semiabandono rampante, alcanzando algunos de sus principales edificios un deterioro y una ruina tan lamentables, que de ellos solo quedaba la fachada en pie cubriendo un desolador solar.
En aquel tiempo, Jesucristo les dijo muchas cosas sus apóstoles, y en mi azucarera querida se fueron mezclando algunos de esos abandonados solares, más o menos rehabilitados, con otros mejor cuidados (aunque al final fueron usados todos de manera harto dudosa, desvirtuando completamente la esencia original del recinto). En general, y salvo honrosas excepciones en algunas zonas concretas de la misma, esta antigua azucarera fue sometida tras el cese de su actividad a groseras e ilegales reformas por parte de ciertos tipejos brutos e incultos, los cuales, en su deformidad mental, sólo pensaban en el dinero y en sacar provecho como fuera de ella.
No obstante, dicha esta verdad, y antes de seguir adelante, os prevengo y aviso que “no” voy a ser yo aquí un estricto cronista del lugar ni nada parecido, puesto que me interesan más otros aspectos de la cuestión que no por menos históricamente metódicos dejan de ser reales, y que en cierto sentido son lúdicos a la vez que fúnebres...

CONTINUARÁS

Sí. Habéis leído bien. No es "Continuará" como se suele decir en estos casos. Digo que continuarás leyendo cuando me compres y/o descargues el libraco de marras. Aunque tranquis, porque la cosa va para largo. Lo quiero tan perfecto que nunca lo termino y siempre estoy "editándo-modificándo-perfeccionándolo". Aunque ya voy viendo el final de la cosa.
                                                                                                       
                                                         

                                                                               
                                                                                                                               
                                                                                                                                                      
                                                                       
                                                                     

   
                                         FRAGMENTOS SUELTOS DEL LIBRO
Yo soy el guardián, y mientras recorro anchos pasillos y recovecos de azucarera vieja me suele inundar una mezcla de gozo y amargura nacida del recordar tantas anécdotas y ocasiones, a veces jugosas y felices, a veces tristes y desoladoras; cálidas y gustosas de sumo gustazo algunas, y también otras frías, como el frío invierno que nunca acaba…
Por ejemplo: si casualmente veo en algún lugar del decimonónico recinto un charco de sangre cuajada de gato atropellado, alguna paloma muerta en algún portal (de las muchas que entraban a las naves por los huecos de los tejados y se cagaban por los pasillos) o veo algo triste y sanguinolentamente parecido, me viene a la cabeza una pequeña y tragicómica historia de las tantas vividas allí. Y así recuerdo la imagen de la sangre y miro como el dedo índice de mi genial y adorada mano derecha luce agarrotado y deforme -casi lo pierdo en realidad- tras seccionarlo en parte mi propia perra al intentar yo desbaratar el bocado feroz que ésta mantenía sobre el cuello de otra perra más pequeña del tipo perrita Marilín come chochos, de esas tan queridas por algunos/as (sobre todo “as”).
Era una perrilla de sucias lanas blancas, chiquitina y escandalosa; era una de esas asquerosas y putas perrillas chicas con pinta de coliflor con patas (lo siento pero no las soporto, las odio a conciencia, y ahora sabréis porqué) perrilla que era en este caso propiedad de cierta inquilina-pintora propietaria también de dos enormes tetazas turgentes que eran dos soles, y perrita guarra que además de lamerle el clítoris a su dueña (lo digo-supongo por algo que ahora os diré) siempre estaba suelta y dando por el culo, cagando y meando por estos amplios pasillos, jodiendo la sagrada paz artística con sus escandalosos ladridos constantes de perrita coñazo de mierda histérica y ruidosa…
Ocurrió que me despisté un día en el portal de la nave donde residía la putilla perrita con su dueña, DoñaTetazas. Fue uno de esos raros días que iba yo andando con mi perra por las naves (realmente pocas veces lo hacía con ella).
Entré en el portal con mi gran perra, la lunática Luna, sujeta por su cadena y collar correspondientes, y como quiera que la otra -la preciosa perritina chiquititilla comecoños- siempre estaba suelta por los pasillos por toda la cara (aunque estaba prohibido tener perros sueltos tanto por los pasillos como por las calles del lugar) pues en un momento dado se acercó a mi noble perra Lunática, y ésta, aún estando atada con su cadena, la enganchó de pronto con un feroz bocado de sus fuertes mandíbulas, de mala manera, y dispuesta a cargársela.
Mi buena Lunilla tenía su mala leche. Mi fiel y amada perra tipo pastor alemán, que era en realidad una mezcla no pura, pero que ni falta nos hacía que fuera tan pura, pues por lo menos no era tan puta como las perrillas chiquitas guarrillas ladradoras; mi perra grande, digo, tenía sus prontos (como su dueño). Mi perra grande y guapa tenía su malaleche, y al igual que su dueño, odiaba a las sucias perritas chiquitinurras devora chochos, que siempre andan sueltas por donde les sale de sus sucias lanitas a ellas. La enganchó bien entre sus fauces, y ocurrió que en el lance del bocado vi claro que la jodida perrita lanuda preciosa moriría si yo no hacía algo…
Como no soy un sádico, no disfruto con el sufrir de nadie, ni siquiera de sucias perritas cagonas; y me dio lástima de aquel coñazo de bolita peluda, que iba a ser ajusticiada justamente con justicia justiciera por mi noble perra; y sobre todo me dio lástima (y algo más que lástima) del “coñazo” de su dueña; que era asimismo dueña de ese magnífico súper coñazo auténtico, cuya raja y bulto del monte de Venus con sus dos grandes labiacos verticales se le notaban siempre a tope en el pantalón mas ceñido a un coño que he visto jamás. Y es que solía andar doña zorra pintora con la costura del pantalón incrustada totalmente en la raja de su chochazo, y era imposible no mirárselo, pues, repito, se le notaban súper hinchados los dos labios, que eran enormes (supongo que los tenía tan enorme-deformes a fuerza de lametones perruno-lanudos) Era imposible no mirárselo de puro abierto y ceñido que se veía aquello, y daban ganas de preguntarle si no le dolía quizá un poco el chichi o qué? Además que, como ya he dicho, era dueña de un par de lúbricas tetazas enormes, altas, duras, de tiesos pezones, y muy dadas a acercárseme, feliz y descuidadamente, a mis pobres y cansados brazos guardianes cuando algunas veces coincidíamos y hablábamos los dos caminando despacito por estos recintos nobles y monacales… Hablábamos de arte y otras pendejadas casi todas tendentes al folleteo (por mi parte al menos) mientras que al caminar me golpeaba en el antebrazo, intermitente, pero cálida y claramente, uno de sus grandes y tiesos pezones, así, como el que no quería la cosa.
Desde el principio, tendría yo que haberle prohibido a doña tetonas, cuando llegó a la fábrica, que dejara suelta por los pasillos a su lengua con lanas. Pero nunca insistí mucho. Y es que uno le perdonaba a doña ubres gigantes todo el tema de la jodida perrilla suelta cuando pasaba por su puerta y percibía en el pasillo su olor a pachulí y sudorosas ganas de follar que emanaba la muy zorrona calienta pollas que era en realidad con su coño rajado bajo pantalón, y ese olor a hembra caliente que me ponía tieso hasta las puntas del bigote, haciéndome olvidar toda otra cuestión.
Uno se lo perdonaba todo a doña labios hinchados, pues la muy putilla salía a menudo de su local-taller cuando me detectaba rondando por el pasillo y me daba cierta e interesada bola en forma de golpecitos de pezón en mis antebrazos, poniéndome así muy alegre y liberal en cuanto al control de perrillas y demás formalidades… La paya estaba como para más de un polvo, la verdad, y yo pasaba mucha hambre.
Pero ahora, en plena pelea de perras, doña pezones duros estaba gritando como una loca, porque había bajado al portal alarmada por los chillidos de su amor lanudo y se encontró con la escena… Vio a su escandaloso y sucio consuelo peludo a punto de desaparecer en la boca de mi Luna, que la zarandeaba de mala manera entre sus fauces... Como estaba claro que mi perra se la iba a cargar sin remedio si yo no hacía algo, y ya no atendía voces de mando ni nada parecido, pues actué con decisión metiendo noble, aunque erróneamente, las manos entre los dientes de mi pastora medio teutona para desbaratar la muerte de la jodida perrita lame vulvas de la tetona. Pero como quiera que en esos momentos de fiereza total, mi perra no entendió ni de dueño ni de hostias, me enganchó con sus colmillos el dedo índice de mi gloriosa mano derecha, la muy perra, y casi me lo corta entero; cosa que no ocurrió, en medio de mis alaridos y de la sangre chorreando, porque el animal, a pesar de todo y tras unos quince o veinte segundos eternos, aflojó la presión de forma milagrosa (aunque no sin antes recibir la ayuda de un inquilino-amigo que por fortuna pasaba por allí en aquel momento y que metió rápida y eficazmente un palo en la boca de mi lunática para que la abriera un poco, liberando así a la maldita perrilla y a mi pobre dedo).
La dueña de la perrita lame bragas pasó de mí a pesar de mis heridas (dos, por cierto, una física, y otra del corazón al ver su indiferencia por la suerte que hubiera corrido mi pobre dedo). En cuanto pudo doña tetas gigantescas se lanzó a por su sucio consolador de lanas gritando: ¡OH MI PERRITA, OH DIOS MI CHIQUITINA! ¡LA HA MATADO! ¡OH MI NIÑA CHICA! ¡VEN CON MAMÁ!
Se lanzó casi de cabeza sobre su querida lengua con patas en cuanto mi fiel Luna aflojo el bocado; agarró histéricamente su histérico felpudo, y sin preguntarme ni mirarme siquiera (salvo de reojo y con mala leche) se largó corriendo en busca de un guapetón veterinario que trabajaba en un pueblo cercano, aunque su pequeño amor greñudo apenas tenía daños importantes…
Sus grandes tetas llenas de artística y lúbrica leche no volvieron a rozar mis pobres brazos cansados de escalar los tejados centenarios, y a pesar de que, como ya sabéis hasta el hartazgo, yo soy el guardián de la fábrica abandonada, y me crecen brotes nuevos tumbado y tal y tal y pascual y todas esas cosillas tan gustosas que yo suelo poemar; pues a pesar de ello, digo, la gran madraza cachonda no volvió a hacerme ni puto caso mientras fue inquilina de la fabrica. Nunca se interesó por mi pobre dedo. Dejó de darme bola-pezón por los pasillos, y cuando me detectaba caminando por los mismos, salía a su puerta y, mientras ladraba dentro loca perdida su perrita destroza bragas, me preguntaba absurdamente asustada: ¿Qué llevas hoy también a tu perra? (aunque sabía bien que no la llevaba nunca)... Era algo que yo no entendía y que nos desazonó a mí y a mi hermano pequeño que porto por debajo de mi barriguita. Ambos (mi hermanito de carne y yo) quedamos tocados en nuestro fuero interno y externo por esta cruel indiferencia láctea que nos demostró doña chocho lamido mientras duró su presencia y arrendamiento en el lugarejo. Aunque, eso sí, me puse serio, y la estúpida perrilla-felpudo come flujos, no volvió más a andar suelta por aquellos recios pasillos porque ya no me salía de mi deforme dedo índice ni de mis cojoncillos guardianes. Quedando bien avisada doña ubres de que tal actitud le valdría la rescisión del contrato de alquiler. Eso era lo que había y lo que hubo hasta que se fue, cosa que ocurrió relativamente pronto, al tiempo de pasar esta bonita historia de pachulí, pantalones elásticos, dientes, sangre, ladriditos, y lametones ásperos…
                                                                       
                                 
                                                                     
                                                                            
                                                                           
Rriinngg... Rriinngg... Rrrinngg...
¡Atención! ¡Llama Don Enano Dinero!... ¡Capitán mande firmes!...
¿Si dígame? ¿Don Enano? ¡Sí hola, buenos días!... ¡Buenos días Don Tío Gilito! ¡Buenos días Don Dueño de rica cuna, pero de enfermas próstata y cama! ¡Buenos días Don Amo de la fábrica! ¡Qué alegría oír su adinerada voz! ¡Cuánto tiempo sin llamar! ¿Qué tal están usted y ese buen cazo a llenar de billetes que pasa cada mes al inquilinato vía cuenta corriente? ¿Ein? ¿Cómo están esas mismas, sus famosísimas cuentas corrientes tan incorrientes de lo puro inflado-fláccidas que suelen estar? ¿Y esos abundantes fajillos de hermosos billetes de cincuenta y cien euros apilados en sus propiedades propiamente suyas de usted, como están? ¿Eh? ¿Y su prostatitis crónica como va? ¿La lleva más o menos?... Bueno hombre, bueno ¿Va todo bien en el resto de sus posesiones?... Bueno, bueno, bueno… Ya hacía varios días que no me llamaba usted, mi estimado Don sin don pero con demasiado din. ¡Ay ay, que me tiene usted abandonado!
Ya era hora de que dedicara usted algunos minutos a estos, sus negocios inmobiliarios granadinos, y a este, su criado, con los años eterno guardilla del lugar.
¿Qué? ¿Qué me dice? ¿Que está usted preocupado porque tenemos dos locales sin alquilar de los más de cien que hay?... ¡Uy sí! mi estimado Don dinero, realmente es para preocuparse. Esto puede ser una segura y trágica debacle para su psiquis deformemente avariciosa. ¡Digo! ¡Por dios! ¡Dos locales sin alquilar de un total de ciento y muchos! ¡Qué escándalo! ¡Esto es intolerable!... Mire, si le parece a usted, para remediar esta peligrosa situación económica que parecen vivir sus queridas arcas, le alquilo y meto rápidamente en esos espacios vacíos a dos o tres de esos típicos depredadores de locales que conocemos bien usted y yo. Sí. Ya sabe: algunos de esos que llaman a diario en busca de almacén… Sí hombre, inquilinos de esos de los que ya nos consta tristemente “de qué van” por experiencia.
Si usted ve que tal, y le entra mucha prisa por cobrar un dinero tan importantísimo, le coloco en esos locales vacios ya, de inmediato, alguno de esos típicos pequeños empresarios desesperados que usted y yo sabemos; o bien le alquilo un buen par de “almacenes” de productos químicos, tal y como hacía su amigo, el viejo hijo de la gran puta encargado anterior, y que luego, después de que paguen la fianza y apenas un par de meses de alquiler, dejen de hacerlo radicalmente y se tire usted cerca de dos años intentando echarlos, y cuando ello ocurra, y el Juzgado autorice el desahucio y la consiguiente entrada en el local sin haber cobrado ni un euro de los alquileres atrasados, por fin lo retome usted absolutamente destrozado, con las instalaciones de luz y agua arrancadas, lleno de mierda hasta arriba, y lo haga usted con esa cara de gilipollas obtuso que se le pone cuando se da cuenta de que ha metido la pata hasta el muslo una vez más. ¿Ok?... 
¿Qué? ¿Qué me dice?... ¿Que se han devuelto dos recibos impagados este mes? ¿Cómo? ¿Qué cuando lo ha detectado del puro berrinche le ha dado un ataque de prostatitis aguda?... ¡Qué horror! ¡Como está el patio! lleno de insolventes sinvergüenzas que no lo aman nada, ni a usted ni a su próstata, y le devuelven el recibo. ¡Por dios y la virgen su mamá! ¡Esto hay que solucionarlo, desde luego!... Sí, sí, mi amo. En cuanto cuelgue usted dejo de hacer lo que esté haciendo y voy corriendo, echando hostias, a visitar a estos sinvergüenzas morosos recalcitrantes, y decirles lo malísimos que son y que, por supuesto, si no pagan inmediatamente, les quedan dos telediarios aquí. ¡Señor! ¡Sí Señor! ¡Es usted tan bueno!...
¿Cómo? ¿Que cuando viene usted por aquí algún fin de mes le jode sobremanera ver lo feliz que soy?... Bueno, hombre no sea usted así… ¿Qué? ¿Cómo? ¿Que le molesta mucho ver lo bien que luzco a pesar de los años que tengo?... ¡Vaya hombre! Pues lo siento Don Dinero, pero esto es lo que hay.
Ya debe usted intuir con bastante certeza que me suelo rascar las pelotas bien a gusto de manera cotidiana en estas, sus posesiones del sur surrealista. Y de ahí -de mi actual no trabajar en absoluto- nace mi buen tono de piel, esta agilidad física y mental de la que hago gala, y la sonrisilla de mis ojos azules claros y diáfanos, que brillan como el ascua de un electrodo soldando al sol del mediodía. Sí, mi amado amo. Sepa usted que de mi escaso currelar nace también mi paz interior, así como el mantenimiento comedido de mi barriguita, que afortunadamente no va a más en su sospechoso volumen, amén de todos esos detalles gratos para mí que usted intuye y tanto le joden (y todo ello a pesar de mi larga edad y de tanto trabajado-sufrido en la vida) ¿Cómo? ¿Qué cómo van esos trabajos que tenemos pendientes de hacerse en “B”?... Bueno, mi amito, pues ahí están. Van saliendo, sin prisa, pero sin pausa… Al hilo de esto, ocurre que yo me alegro mucho de que usted, en su ignorancia de lo que es verdaderamente el trabajo (cualquier trabajo) lo mismo valore excesivamente una mierda de faena hecha en un par de horas, que denigre estúpidamente un trabajazo de varias semanas. Me alegro de ello porque así (no sabiendo usted realmente el valor del trabajo hecho) yo puedo engañarlo a usted bien a gusto, a conciencia, y con todas las de la ley, sin un ápice de remordimiento ni nada parecido.
Falta de remordimiento o ausencia de culpabilidad que tengo al engañarlo, nacida entre otras cosas del ver durante años y años la cantidad de gilipolleces que ha hecho usted mandado y tomando decisiones absurdas en la fábrica.
Después de sufrir por sus “no decisiones” o por sus decisiones erróneas. Después de dar la cara aquí a diario en su ausencia y de pelear como un perro guardián para corregir las consecuencias de “sus” actos, no querrá usted que encima me vuelva loco trabajando como una bestia ¿verdad?...
Por cierto… ¿Qué pasa con el local social?... Podríamos poner alguna cosa bonita y rentable a medio, o incluso corto plazo, en uno de esos dos locales vacíos… ¿Cómo? ¿Qué me deje de local social?... Ya… Si, como siempre… ¿Que vaya corriendo a ver a los inquilinos que han devuelto el recibo? Vale, vale, no se ponga así… Y por favor, si este mes tampoco viene usted por aquí, déjese de hinchar las pelotas con sus cínicas quejas de rico, obtusa y podridamente aburrido, y haga el favor de enviarme más dinero a la menor brevedad posible. Gracias. ¡Clac!                                        


                                 
                                                                             
                                                                                                                                                           
                                                                                                                                                             
                                                                                                      
Rrrriiiinnnggg... Rrriiinngg... Rrriiinnnggg...
Efectiviwonder, suena el teléfono una vez más. Bueno, definitivamente es que no para en todo el día. Está de moda la fábrica vieja. Vamos a ver quién es:
¿Sí, dígame? ¿Sí?... Sí, sí, claro que sí. Es aquí señora o señorita... ¡Ah! ¿Es señorita? ¡¡Muy bien!! ¿Para alquilar un local señorita? Sí, sí, sí, y más sí. Es aquí amiga mía. Sí señorita, efectivamente, los hay de diferentes precios y tamaños, al igual que otras tantas cosas en la vida, como ya sabrá usted a pesar de esa, su juventud, que se le adivina por el auricular del teléfono. Ha dado usted precisamente con el sitio adecuado para dotar de éxito a su búsqueda mi amable señorita. Este es el lugar donde mejor y más económicamente podrá usted alquilar un local mi amiga. La relación calidad-precio es inmejorable como verá usted pronto querida chica. Y digo yo, una vez más, que: ¿para qué uso y/o actividad querría el susodicho local a arrendar señorita? ¿Eh? ¿Para qué cosa absolutamente sostenible aquí y seguramente adorable, benigna, preciosa y perfecta, dado el tono y el mínimo volumen que imprime usted a su tenue voz, tan educada y linda como la de una pajarita canora ahíta de vida... para qué cosa querría usted el local señorita?... ¿Eh? ¿Para tallercito de corte y confección me dice usted con esa susodicha vocecita preciosa que suena como la de los ángeles cantando quedamente desde lo alto de esas magníficas nubes primaverales? ¿Cómo? ¿Que sería como un estudio para diseño de atrezzo y confección de bellos vestidos para otras igual de lindas que usted chiquitas actrices de grupos de teatro modernos y/o alternativos?... ¿Para eso es? ¿Sí? ¡Ah mi niña! ¡Es perfecto! ¡Está muy bien señorita!... La cosa suena de maravilla (tanto a bote pronto como llevando la bola entre las piernas) realmente es un placer que no quiera usted alquilar un local solamente como almacén mi estimada señorita, solo con ese detalle ya se ha ganado usted mi confianza totalmente. ¡Ah señorita! ¡Qué emoción! Sí, sí, claro que sí. Cuénteme de qué va la cuestión. Dígamelo todo… ¿cómo? ¿Qué así de grande necesita usted el local querida? ¿sí?... No habrá problema, no se preocupe... ¿Que si lo tengo yo tan grande? Claro que sí lo tengo suficientemente grande. Hay locales en abundancia, y algunos bien hermosos para usted señorita amiga. Sí, sí, por supuesto, claro que sería un local luminoso ¡cómo no! jamás consentiría yo que usted y sus amigas-socias se rompieran la vista cosiendo-creando esos magníficos vestidos faranduleros en un oscuro cuchitril. La comprendo. La comprendo mejor que nadie mi amiga. Cuénteme sus cuitas y sus cositas señorita. Sí... ¿cómo dice? ¿Que soy yo muy amable? ¡Ah gracias niña! Usted se lo merece, tan educada y tan sencilla como se le adivina, aun sin ver su seguramente magnifico y singular semblante. Es la emoción que siento al oírla que me vuelve atento y felizmente erecto mientras acaricio rítmicamente mi barbilla oyéndola. Sí señorita. Siga hablando señorita... ¡Dígamelo todo amiga! ¡Aaah señorita qué bien!... ¡Ooohhh señorita!, ¡siiiii!... ¡siga por favor! ¡Siga hablando! ¡aaahhh!... ¡por dioooos y su maaadreee sigaaa oohh! ¡sigaaa... hablaaando... señoriiitaaaaahh!
¡aaahhh! ¡oohhhh! ¡oohh diioss miioo... siiiiiii!... ¡uuuuuaahhhhm!...
Bueeenooo... ¿donde andarán los kleenex?
¿Señorita? ¿Está usted ahí? ¿Sí? perdóneme, se había cortado mi respiración de emoción al oírla y jadeaba un poco por ello, pero ya estoy repuesto.
Pero sí; por favor siga hablando, explíqueme despacio qué tipo de espacio necesita usted en la fabriquita de los artistas. Siga hablando señorita por favor, siga usted hablando amiga mía, porque esa su voz, vuelvo a repetir, ahora ya más relajado, es dulce, hermosa, cantarina, y cristalina; y ese su hablar bajito pero abierto, es tan claro y diáfano como una de aquellas hermosas mañanas del verano de la juventud, que para mí ya es dulce agua pasada que nunca volverá (salvo con destellos de hermosa luz como los que seguramente usted traerá por esto recios pasillos).
¡Oh querida señorita! su voz y su propuesta de relación comercial-amistosa hace que se eleve alegre mi moral y de nuevo, otra vez más, alguna que otra cosa del tipo carne-carne en barra intensa que tengo aquí abajo.
En definitiva: que sí, amiga mía, no le demos más vueltas a la cosa. Pásese cuando guste usted por aquí, mi estimada y apreciada señorita, que -repito- será usted la luz que alumbre estos amplios y antiguos pasillos. Pásese por esta, su fábrica de los artistas, cuando le venga a usted en gana, mi creativa niña trabajadora, que será atendida por este honrado guardilla con toda la dedicación, entrega, dulce tensión, y la diligencia que su dulce voz me hace intuir que usted merece.
Véngase sin demora por estos centenarios pero sólidos muros señorita-niña-amiga mía que será usted debidamente homenajeada por este viejo guardián siempre enhiesto y atento a la belleza que, con total seguridad, usted exhalará por estas vetustas ruinas. Que no le quepa la menor, y ni mucho menos la mayor polla por el cul... perdón, quiero decir la menor o mayor duda, de que será atendida inmediata y eficazmente por este amable guardilla, el mismo que al oírla a usted de buena mañana siente como se le alegra y le cosquillea su famosa cosilla…
Sí, pásese cuando quiera usted señorita amiga. Sí, querida niña mía. Sí que hay aquí disponible un local amplio, baratito y muy luminoso, para que usted haga maravillas con sus telas y abalorios.
Tengo justo lo que usted necesita para ser feliz en su cotidianidad laboral y para que a mí, al verla cada día por aquí algún ratito, se me alegre un montonazo mi ya legendario y viejo pajarito. ¡Sí. Sí, y más sí a todo, señorita! ¡Ah chica!...
                                                                                                                               
                                                                              
...Luego deviene la tarde, calurosa y sedante, y tumbado en el catre de esta matriz-casa mía, acompañado de la canción de hoy, me zambullo en el sopor de la siesta rodeado por un melancólico caos humano y amable de objetos raros que he ido depositando durante años y años sobre los desportillados muebles que tengo, muy usados, pero prácticos y bellos en su hechura, algunos magnifica y noblemente manufacturados con africanas y hermosas maderas negras que me invitan subrepticiamente al reposo y la ensoñación… Me voy quedando medio roque en esta siesta de luces oscuras y soles verdes, cercado por todas estas cosas que he rescatado del gran contenedor en tantos desalojos de locales durante tantos años de fábrica abandonada. Me voy quedando traspuesto, rodeado de astilladas estanterías rococó atiborradas de objetos curiosos; herramientas raras que apenas sirven para nada, pero que para mí son dignas y con gracia; ventiladores tropicales que no funcionan; angelotes de porcelana de estilo barroco-churrigueresco; bonitas botellas de geométricos cristales de colores con formas panzudas, orientales y maternales; primitivos juguetes medio rotos, preciosos en su vieja simpleza; decenas de perchas variadas y especiales que colecciono surrealistamente para colgarme a mí mismo; cajas llenas de libros y más libros, muchísimos libros; cientos de libros que están muy usados; algunos medio destrozados y otros casi nuevos, seleccionados en base a intereses universales y nada coñazos (aunque con los libros me ocurre que suelo guardarlos todos, hasta los que me parecen más pesados); me rodean también montones de antiquísimos discos de vinilo, cajas llenas de entrañables cassettes; montañas apiladas de revistas del siglo pasado; más montones de tebeos antediluvianos, y, sobre todo, destacando ante mi vista, mis muñecas; muchas muñecas. Armarios llenos de lindas muñecas que fueron despreciadas y abandonadas. ¡Mi preciosa colección de muñequitas tiradas a la basura!... Sí; lo confieso: tengo un buen mogollón de esas antiguas muñecas arrojadas a los contenedores, con sus mofletes satinados, sus largas e inverosímiles pestañas, y sus párpados que se abren y se cierran de forma casi humana. Esas preciosas muñequitas que me recuerdan a vosotras, las alegres estudiantes jovencitas, las niñitas precoces de pechos recién florecidos y esos bellos intentos de ser artistas. ¡Ah! ¡Muñequitas! Si. Claro que sí. Muchas muñequitas guapas con sus cortitas falditas a cuadros que dejan al viejo guardilla que vea sus braguitas asomando algo sucias por sus muslos frescos y jóvenes… ¡Oh dios! ¡Esas chiquitas preciosas!... ¡Ooh sí! ¡Cómo me gustan! ¡Ahí! ¡Dale guardián! ¡Dale con ritmo a la cosa! ¡Ahí! ¡Zumba! ¡Zumba! ¡Zumba! ¡Zumba! ¡¡Oohh dios míooo!! ¡¡chicaaa!! ¡¡Zumba!! ¡¡Zumba!! ¡¡Zumbaaa!! y ¡¡máas zumbaaaaahh!!.. ¡¡Aaaaaammmhhh!!...
Y así, satisfecho y relajado, a gusto conmigo mismo, me voy quedando adormilado habiendo emitido al cálido aire de esta tarde veguera mi humilde semilla vencedora de la muerte; me voy quedando roque con un dulce y primario cansancio tras haber eyaculado un deseo potente y nada hipócrita. Me voy quedando traspuesto tras integrar mi semen sobre esta penosa barriga cervecera, como queriendo fecundarme a mí mismo, como si fuera un endogámico caballito de mar trotando por oníricos arrecifes. Así me voy quedando profundamente dormido, mientras oigo de vez en cuando los grititos de varios cachorros recién paridos durante la madrugada por mi querida y fiel perra loba-hermana-madre-guardiana en la linda terraza sureña tan luminosamente luna-soleada de esta casita campera…
Y luego, al final de todo, siempre llega la noche, como un abrazo negro y profundo que nos retrotrae al infinito... ¡La Noche! ¡Ah la noche! Cuando llega la noche aquí, a mi bohío, atestado de tantos olvidos que solo recuerdo yo al mirarlos intensa y absortamente; cuando llega la noche a estos fosforescentes campos intemporales y desciende la gran manta de estrellas sobre mi choza llena de anárquicas antologías a todos los amores muertos; cuando llega por fin la gran madre obscura y ancestral a mi nido sureño, suelo yo declamar en mi interior paganas plegarias para todos los dioses crueles y sordos que habitan todos los cosmos. Cuando llega la noche a mi alma de árbol viejo, deliro ostensiblemente mientras surco el tiempo, navegando al pairo por infinitos mares electrónicos, buscando y buscando ahíto sin saber bien qué busco; buscando por instinto una señal en medio de la nada. Navego, perdido el norte, en el inmenso océano de mis deseos, añorando un puerto eternamente soleado pleno de cálidas naves amigas. Navego, casi desarbolado, en una búsqueda a ciegas de algún luminoso faro que me alumbre y guíe por lo oscuro y me procure alguna salvación… Después, cansado ya de buscar y navegar sin rumbo, me quedo aquí varado como un naufrago de secano, aislado, fondeado en esta cala de mi alma tranquila llena de objetos amados que luego fueron despreciados. Me quedo aquí como siempre, sólo con las estrellas, manteniendo echada el ancla en el fondo de mi ser. Me quedo aquí, manteniendo el ancla de mi voluntad sólidamente fondeada en lo hondo de todas estas cosas raras que fueron de alguien y las olvidó para siempre. Mantengo aquí, eternamente echada, el ancla de mis sueños, llena de herrumbre y recuerdos ajenos. Mantengo quieta y en paz el ancla de mi existencia invadida toda entera por bellos corales de colores… Unas preciosas y juguetonas sirenas me visitan cada noche en mitad de mis delirios. Me han pedido dulcemente que me quede. ¿Dónde iría yo ahora, si no? Tengo de todo, y además, para mantener vivos todos estos sueños usados, ellas, las sirenas de la noche, me surten cuando duermo de canciones gustosamente añorantes del amor verdadero. Cada día, al despertar, me viene a la cabeza una canción nueva, así como por casualidad (aunque nada es casual por mucho que lo parezca).
Yo soy el fiel guardián de los sueños abandonados, y aquí me quedaré para siempre, toda la vida, hasta que al final me lleven consigo los otros sueños. Aquí me quedaré hasta el final. Hasta que me lleven en volandas los sueños del aire. ¿Dónde iría, si no, yo ahora?... Soy el celoso guardador de sueños usados y tirados a la basura, y deambulo a mi albur cada día, feliz o infeliz, entre mi corazón y las horas gastadas en nada. Todo tiempo se me escurre entre los dedos como la arena entre las manos de un niño que estuviera en la playa por vez primera. Todo tiempo que pasa es añadido al contenedor de recuerdos olvidados que tengo en la frente... Cada día deambulo por esta fábrica vieja, caminando entre la luz del sol y la artística basura acumulada en su gran contenedor. ¿Dónde iría, si no, yo ahora?...                                                                              
                                                                       
                                            
    
      
                                                                                 
Todas las fotos del blog son personales, tomadas por mí mismo, salvo la del guajiro desdentado, la de mi querida prima-hermanita Alicia-sirena, que me ha dado permiso para colgarla (orgulloso que estoy de ello) y las de dos o tres de locales en ruinas de la Azucarera de San Isidro, que he visto en Internet, y me he permitido colgarlas por afinidad temática y estética (espero no se mosqueen los autores). 
No tengo problemas en compartirlas, aunque espero que en caso de manipulación de las mismas se tenga la suficiente ética personal para avisarme, comunicarme como se van a utilizar y pedir un permiso para ello que a priori ya tienen... Gracias.
                                                                               
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NOTA: Como ya he dicho más o menos arriba, todos los personajes que salen en estas historias son puta (perdón, quiero decir "pura") ficción, y cualquier parecido con la realidad es una inocente coincidencia.

MÁS NOTAS: Que no se me mosquee nadie, porque quien se pica ajos come, y eso es lo que hay. No se van a dar datos concretos, pero si alguien, por alusiones, se da por ofendido, ese es su problema. Que no lea el libro y así no llorará amargamente.