domingo, 22 de marzo de 2009

Susurros en los tejados


                                                       
                                                       
                                                                              
                                                                           
                                                                             
                                                                           

                                                                               
                                                                               

Y todos los poetas creen que si alguien, tendido en la hierba, o sobre una pendiente solitaria, aguza el oído, puede llegar a saber algo de lo que ocurre entre el cielo y la tierra.”

Y si experimentan emociones tiernas, creen siempre que la naturaleza misma se ha enamorado de ellos y que se desliza en sus oídos para susurrarles dulzones secretos y amorosas lisonjas...”

Friedrich W. Nietzsche
(Extraído de su obra “Así habló Zarathutra” en su apartado “De los poetas”)


Todo comenzó cuando me topé con la poesía. El encuentro fue algo natural; creo que la tenía dentro desde siempre, pero no le daba, ni le doy, demasiada importancia. Yo no voy de poeta por la vida, ni lo pretendo, pero ocurre que de manera puntual acuden a mi pensamiento ciertos “flaxes”, por así decirlo, que traducidos a palabras van más allá de las simples metáforas o frases escritas en oxímoron. La cosa sale sola, queridos amiguitos y amiguitas requetelindas, y más aún aquí, en esta antigua azucarera que es un entorno noble y robusto con ese punto de romántica y bella nostalgia que tienen los edificios decadentes y más o menos históricos. La cosa sale fácil, y, modestia de nuevo aparte, suele ocurrir que a veces (demasiadas veces quizá) ni siquiera escribo lo que tan hondamente siento. La cosa sale fluida y ligera, y compruebo cotidiana y asombrosamente que tengo una autónoma máquina de parir imágenes más o menos bonitas en la cabeza. Mi cerebro produce a su albur, entremedias de otros pensamientos más prosaicos, una suerte de extrañas letanías amparadas en la belleza, que sencilla y espontáneamente acuden a mí cada vez que me relajo y pienso en lo importante... 
Y fue así, en ese contexto de facilidad y pequeña felicidad, que sucedió algo harto singular y significativamente hermoso. A saber: una tarde la citada maquinita estaba más fina de la cuenta, y mi menda lerenda dio a la luz de los mortales un ramalazo de esos sueños que suele llevar el aire (sí amigos y amigas jovencitas preciosas, fue tal y como suena; dicho así parece una chorrada, pero no lo es)... Ello fue el parto feliz de un pequeño gran poema que me marcó para siempre. La modestia, que siempre tengo presente, suele ser desterrada de mi ánimo cuando hablo de este discursito pequeño y luminoso que enseguida leeréis. Asomó al sol poniente, graciosa y simple, una enorme y a la vez minúscula poesía pura y sincera hasta el tuétano. Era tan buena que, al principio (y aún todavía) me subían por el pecho al leerla oleadas de un extraño, sencillo, y algo vanidoso placer parecido hermosamente al que se siente cuando algún día por casualidad ves con otros ojos cómo se abren las flores y crecen las plantas cerca de tí, o cuando de pronto, en mitad de la noche, le da por salir al sol… Este placer casi infantil era la plena sensación de haber creado de verdad algo limpio. Esta sí que era una poesía buena; chiquita, pero de las buenas. ¡Oh sí, amigos lectores y admiradas amiguitas lectoras relindas! ocurrió que yo, mi, me, conmigo (ya sabéis, este escritorzuelo autodidacta) estaba tumbado en el tejado de la vieja fábrica una tibia tarde de un Abril ya lejano, y me fue revelado un pequeño mensaje. Me había despertado de una siesta echada allí, al aire libre, sobre aquellas tejas planas llenas de grueso musgo canoso y centenario, y me vino a la cabeza del tirón. Algo me dictó casi entero un pequeño discurso parecido a un extraño mantra: eres el guardián... tú eres el guardián... soy el guardiányo soy el guardián... Yo era el guardián de los sueños del aire; era el guardián de todo lo que se veía en el advenimiento del crepúsculo y de otras cosas de parecida índole que me hacían llorar hacia dentro... Como si una lagartija parlanchina hubiera andado esa tarde por las sienes de mis sueños, lo vi claro y lo supe. Supe que uno era una especie de mensajero. Yo mismo era el portador de un mensaje que me superaba. Uno era en esos mágicos momentos el guardián eterno de las risas que se apagaban cuando el sol caía. Era el guardián de todos los amores que murieron en el tiempo. Era el guardián de todas las fábricas de sueños abandonadas... Y entonces, con un estallido de luces artificiales naturales, se encendió un universo de armónicos astros en mi cabeza, y en la noche que ya se llegaba... ¡aaahh!
 

Yo soy el Guardián
Señor de perros y gatos,
Oyente de árboles y estrellas…
Soy el guardián de la fábrica abandonada.
Mis dedos, como raíces, rondan por ladrillos viejos,
Mis brazos, son ramones crecidos de tierra humilde.
Los ojos me ladran savia sobre los campos baldíos,
Y me crecen brotes nuevos, tumbado,
Sobre el musgo virgen de las tejas centenarias.
Por la tarde…
Me duermen el cielo y el viento,
Protegido por el parloteo de los pájaros cantores.
En una siesta de soles verdes…
Con un sueño de absorta inocencia.
Por la noche… ¡aaahhh! cuando llega la noche…
En el silencio perfecto de los astros,
Me llaman a lo lejos
Aullidos de neón,
Reclamos de sirenas amarillas y secas,
Blancas ambulancias locas,
Ríos de eléctrica ansiedad…
No… no voy… no iré…
Solo quiero quedarme.
Solo quiero quedarme, y ser el guardián.
El guardián de los cachorros sin madre,
El guardián de los huesos que florecen,
El que cuida de los sueños del aire…
Yo soy... El Guardián. ©

Arturo García Durán. Primavera del año 1999


Este poema, junto a los demás textos insertos en este blog, están inscritos en el Registro de La Propiedad Intelectual de Granada.

En concreto, "El Guardián..." se publicó en la revista cultural "La Tregua" editada por el Ateneo para la Cultura, de la localidad de Alcalá La Real (Jaén) en el año 2001.

Posteriormente "El Guardian" se publicó en una selección de poesía y prosa hecha por los que fuimos camareros de la Tertulia, en memoria de Javier Egea (tambien camarero de la Tertu en su tiempo, antes de suicidarse) titulada "Desde el otro lado de la barra".
Esta selección fue editada por la Asociación Cultural La Tertulia en el año 2005.


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